El Dr. Shawqi Abu Latif escribió en 2017:
Al leer el libro "Caminos de un inmigrante de Ain Ata a Brasilia", del escritor brasileño Amador de Arimathea, en su traducción al árabe realizada por el Jeque Nasser Farah Abu Huj, con la revisión y corrección de la profesora Ibtisam Abdel Khaleq, uno descubre que la pasión por conocer esta formación civilizatoria de esa “personalidad expatriada” libanesa, tal como la expresa el gran emigrante Mohammad Hassan Khader, es la pasión de alguien que busca el secreto de esta incursión fenicia —como la imagina el autor— en la inmensidad de los mares, con el fin de construir imperios comerciales en las cuencas del Mediterráneo y el Atlántico, hasta llegar al Nuevo Mundo. Y mientras el autor corrige su propensión a la pasión orientalista para deducir la materialidad del “oriental”, es decir, su amor por el dinero combinado con su amor por lo invisible y su tendencia al fanatismo estrecho, señala con admiración el mensaje de paz que portan los inmigrantes en sus países de adopción, lo cual es, sin duda, una necesidad urgente en esta vorágine de conflicto entre civilizaciones.
La verdad es que los "Caminos de un inmigrante" son caminos muy claros: desde Ain Ata, el pueblo cobijado por el Hermón, hasta Brasilia, la ciudad vibrante de belleza; desde los orígenes sencillos, como los llama Hassan Khader, hijo del emigrante Mohammad Khader, hasta la milagrosa capital brasileña. Su padre fue uno de los pocos, contados con los dedos de las manos, que colocaron los primeros cimientos para la construcción de esta ciudad en una tierra desolada, donde Abu Hassan levantó su edificación en medio de la nada, como se narra en el libro, o mejor dicho, en medio de la locura de la aventura cuyo protagonista fue el presidente brasileño Juscelino Kubitschek de Oliveira.
Al volver a los orígenes sencillos, es necesario prestar atención a los inicios del hombre que sufrió la pobreza en esas laderas alejadas de los escenarios de la civilización; un día, el joven se encontró con un cráneo mientras ayudaba a uno de los agricultores a arar la tierra. El agricultor anciano, que conocía bien la tierra, no prestó atención a los restos de un cuerpo humano, pues eso era polvo y al polvo volvería. Pero el joven tomó el cráneo sin que el agricultor se diera cuenta y lo depositó en un lugar rocoso y terroso cuya santidad era difícil de violar, prometiéndose a sí mismo preservar los restos humanos, los restos de los ancestros que se sucedieron en esta tierra y los de aquellos que vendrían después, si la oportunidad se presentaba en el futuro.
Los caminos de Ain Ata a Brasilia fueron arduos y largos, plagados de obstáculos e impedimentos. Pero el regreso fue rápido en el tiempo psicológico del hombre; a menudo observó esta tierra y profundizó en la visión de sus raíces a lo largo de décadas interrumpidas. Esto se debe a que deseaba eliminar la miseria de una dignidad antigua vecina al Hermón; pues el nombre del "pueblo" pertenece a una fuente divina, la Fuente de la Dádiva (Ain al-Ata), una dádiva que merece lealtad, la lealtad de un expatriado que lleva los valores ancestrales al "Nuevo Mundo" y se enorgullece de pertenecer a una nación cuyos hijos no roban. Es hijo de la nobleza y la honestidad, hijo de una nación con un patrimonio ilustre. Por ello, quiere volver a verla con un nuevo atuendo, siendo fiel a los recuerdos de la infancia en los juegos con la tierra, y fiel a los recuerdos de su segunda década de vida. Abu Hassan responde a la llamada de la hidalguía para establecer clubes sociales, comenzando por "Majdal Baana" hasta llegar a su lugar de nacimiento en Ain Ata, donde construye el club, el dispensario, el "estadio municipal" y otras necesidades para el desarrollo. También se desvía hacia el pueblo de "Rakhleh" en la campiña de Damasco, vecino a "Deir al-Asha'ir"; es un pueblo cuya tierra pisó durante su juventud, cultivando y cosechando. Regresó allí como un invitado de honor, donde el Jeque Abu Hussein Mahmoud Abu Kheir le entregó una espada árabe y lo vistió con una de las túnicas de la caballerosidad, siguiendo las costumbres de los Banu Ma'ruf, como señal de gratitud por su contribución a la construcción de la "Casa del Pueblo".
Hace dos años, uno de los ilustres hijos de Ain Ata, el expatriado Salman Abdel Haq, organizó un banquete en su honor. Durante este, escuché las características del hombre humilde, de modales refinados, que se enorgullece de sus orígenes sencillos, siempre lleno de admiración por su gente y sus logros, y leal a su encantador país. ¿Cómo no iba a ser así, si él es un celoso defensor de la convivencia en el Líbano, la nación-mensaje? Él mismo dijo en una conferencia internacional de organizaciones libanesas, celebrada en Beirut en 1977 e inaugurada por el entonces Primer Ministro Selim al-Hoss: ¿Cómo puede una comunidad de más de cinco millones de personas, entre emigrantes y descendientes, un número que supera la población del Líbano, vivir durante más de un siglo entero en total paz y armonía? La cultura de paz que porta el emigrante Mohammad Khader es la misma cultura de los orígenes sencillos en cuyas sombras creció y se formó, la cual floreció en Brasil, donde se abrieron ante su energía creativa horizontes amplios, ante lo cual no nos sorprende que su residencia en la capital brasileña se convirtiera en una casa de huéspedes árabe para cualquier misión, acontecimiento, mérito o celebración nacional o humanitaria.
En este contexto de expatriación, es inevitable recordar un destello de lo que escribió el gran difunto embajador Fouad al-Turk, al señalar en su prefacio al libro del emigrante poeta Luqman Abu Latif, "Inspirado en Hanzala", lo que encarnan aquellos inmigrantes de nostalgia por el Líbano, el país-mensaje, al cual se enorgullecen de pertenecer y al que ven no como un espacio geográfico, sino como un espacio espiritual, una patria de rol y mensaje, y un oasis de verdad, bondad y belleza, abogando por que sea adoptado por las Naciones Unidas como sede internacional para el diálogo de religiones, culturas y etnias, por el bien de toda la humanidad.
Mohammad Khader no solo construyó tiendas, fábricas o estructuras imponentes en Brasilia, sino que construyó un espíritu libanés oriental auténtico, que se refleja ante el observador con ojos de conocimiento, como si fuera una encarnación del poder latente en la buena estirpe. Sus rasgos surrealistas restantes constituyen una inspiración para todo ser cuyas facultades se han aclarado en la visión de la verdad, revelando a su perspicacia las procesiones de luz eterna que fluyen en la cumbre de la liberación de los grilletes del ego, que tiende hacia el escalón inferior de la morada humana. Esto es así porque la levadura del buen legado todavía impregna el nivel superior de ese ego, que disfruta de una noche de destino (Laylat al-Qadr) hermoniana, traducida por la personalidad de Mohammad Khader, quien cruza hacia el conocimiento desde la simplicidad, penetrando al Nuevo Mundo a través del puerto de la paz, donde fue educado por instinto en el estoicismo de la tierra a la que acudieron las caravanas de los viajeros hacia la luz, en medio de la confusión de quienes sufren la oscuridad y el extravío.
Se han escrito para Mohammad Khader los caminos de un inmigrante, pero la verdad es que se le han escrito los caminos de un retornado a la Fuente de la Dádiva, al ser humano, quien es el espejo de la existencia en el cual la existencia ve sus propios rostros.






