¿Qué haces cuando el burro de tu vecino se convierte en una fuente de molestias diarias y no quieres perder a tu vecino por ello?
Quizás la respuesta de uno de los hombres de la montaña en la antigüedad fue más sabia de lo que esperamos: (Ten paciencia, vecino mío... hasta que tu burro o el de mi casa se vaya); y de aquí comienza la historia de un refrán popular narrado por el escritor Salama Obeid, sobre un hombre que fue puesto a prueba con un vecino cascarrabias que ataba a su burro cerca de su casa, llenando la noche de rebuznos y dejando tras de sí ruido y caos.
A pesar de la insistencia de su esposa para enfrentarse al vecino, el hombre eligió la paciencia hasta que los días trajeron algo inesperado; pues el vecino heredó una tierra en otro pueblo, así que empacó sus pertenencias, se fue con su burro y el problema terminó sin disputas.
De un cuento tan sencillo como este, el refrán ha permanecido como testigo de una sabiduría resumida en una sola frase: no todos los problemas necesitan un enfrentamiento, a veces la paciencia es más capaz de resolverlos que el conflicto.






