En la historia de la lucha palestina y árabe, la palabra nunca fue simplemente letras trazadas sobre el papel, sino un arma y un estandarte izado frente a las adversidades. Desde el corazón de esta lucha emergió el gran poeta palestino Samih al-Qasim, una de las figuras más destacadas de la poesía de la resistencia árabe, quien forjó con su voz atronadora y su pluma rebelde un testimonio eterno de amor a la tierra y a la identidad.
Samih al-Qasim nació en la ciudad de Zarqa, en Jordania, en 1939, donde su padre servía como oficial; no obstante, sus raíces pronto regresaron para extenderse en la tierra de su aldea originaria, «Rama», en la Alta Galilea de Palestina, en 1941, donde se forjó su primera conciencia sobre la patria y el ser humano. Cursó sus estudios entre las escuelas de Rama y Nazaret, y ejerció la docencia durante un breve período, antes de trazar para sí un camino más profundo al consagrarse por completo a la literatura, el periodismo y la lucha a través de la palabra.


Al-Qasim provenía de una familia árabe palestina perteneciente a la comunidad drusa, y encarnó con su vida un modelo brillante de ciudadanía panarabista apegada a su tierra. Fue uno de los primeros jóvenes que rechazó con valentía el servicio militar obligatorio impuesto por las autoridades israelíes a los miembros de su comunidad, pagando el precio de esta noble postura con prisión, persecución y arresto domiciliario, medidas que no hicieron más que fortalecer su determinación. Junto a su compañero de ruta, el poeta Mahmud Darwish, Al-Qasim formó la columna vertebral de la literatura de resistencia y la poesía de la revolución palestina dentro de los territorios de 1948.
Su voz y sus poemas quedaron estrechamente ligados al compositor Marcel Khalife, convirtiendo sus versos en un icono de dignidad y resistencia que las generaciones aprenden de memoria: «Erguido camino... con la frente en alto camino... en mi mano una rama de olivo... y sobre mi hombro mi féretro... y camino y camino...».

Samih al-Qasim falleció físicamente en 2014 y fue sepultado en su aldea de «Rama», en Galilea, pero dejó tras de sí un legado poético y de lucha vivo que se extiende desde Galilea hasta As-Suwayda, y desde el Océano hasta el Golfo, como testimonio de que la palabra libre jamás muere y de que la identidad árabe es una brújula que nunca pierde el rumbo.